El aluvión registrado el jueves 8 de octubre en San Carlos de Apoquindo, que arrastró vehículos y dejó seis lesionados en Las Condes, puso sobre la mesa una advertencia que excede los límites de esa comuna: hay ocho quebradas en la precordillera de Santiago con potencial de generar eventos similares.
Así lo planteó el geólogo Cristián Salazar, director de la Escuela de Geología de la Universidad Mayor, quien precisó que esos cauces críticos se ubican entre los ríos Mapocho y Maipo, tramo que comprende buena parte del borde oriente de la capital hasta el límite con la Provincia Cordillera.
En declaraciones a Cooperativa, el especialista advirtió además sobre la existencia de otros cauces secundarios capaces de activarse ante condiciones meteorológicas favorables para este tipo de fenómenos.
Entre los sectores mencionados figuran San Carlos de Apoquindo, Aguas de Ramón, Lo Cañas y la quebrada de Macul, esta última escenario del aluvión de 1993, uno de los desastres más recordados de la capital.
Salazar explicó que las lluvias intensas concentradas en períodos breves y una isoterma alta son factores que favorecen la activación de las quebradas y el desplazamiento de agua, barro, sedimentos y fragmentos de roca. La isoterma cero corresponde a la altitud donde la temperatura llega a los cero grados: cuando se eleva, la precipitación cae como lluvia en cotas donde normalmente nevaría, y el agua escurre de inmediato.
El académico advirtió que estos fenómenos pueden repetirse y planteó la necesidad de revisar las medidas de mitigación existentes para reducir los daños ante futuras emergencias.
Como ejemplo de infraestructura preventiva destacó las piscinas decantadoras construidas en la quebrada de Macul tras el aluvión de 1993, que permiten retener parte del material arrastrado por el agua. Ese tipo de obras, sin embargo, no se replicó de manera uniforme en todas las quebradas de la precordillera.
El especialista llamó a las autoridades a evaluar la infraestructura existente y determinar qué otras medidas pueden implementarse. En esa línea, destacó el papel de las cubiertas vegetales y la forestación para disminuir la cantidad de material removido y amortiguar el desplazamiento de barro, rocas y escombros.
Salazar planteó además la importancia de incorporar la evaluación de amenazas naturales a la planificación territorial, considerando los riesgos asociados a la expansión de las ciudades hacia sectores de mayor exposición.
Finalmente, apuntó a la necesidad de contar con radares meteorológicos que permitan anticipar estos eventos y fortalecer la capacidad preventiva del sistema de emergencias.
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